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domingo, 3 de octubre de 2010

Electro tortura: gulp!!!!

Nunca es facil el momento en que me doy cuenta de que empezó la secuencia de una nueva sesión de tortura. Todo yo me vuelvo resignación y fatalidad. La respiración se espesa. Los labios se cierran inquietamente tensos. Toda posibilidad de sonrisa desaparece del mundo. Certeza de dolor inevitable. No el dolor del cuchillo descuidado, no el dolor del golpe accidental. No. Certeza del dolor sistemático, inteligente, cruel, implacable, eterno. Nunca es facil darse cuenta que ya es tiempo de que vuelva a entregarle a mi SEÑOR, mi sufrimiento. Nunca es facil, pero siempre es mágico. Esta vez, una voz nueva se ha sumado. me abren las piernas hasta el tope que imponen los aductores estirados. En la oscuridad que mi SEÑOR decidió para mi, me veo en cruz, estaqueado, en medio de la sala. Esta vez la preparación es extrañamente larga y minuciosa. siento que me atan los tobillos, cada dedo del pie, las uñas, los gemelos, las rodillas, los muslos, los genitales...

Las voces de mi AMO y Su invitado llegan en fragmentos indescifrables. Explicaciones, risas, advertencias... Algo líquido. ¿me mojan? Unas manos aseguran las ataduras del tobillo izquierdo. Otras, flexionan mi rodilla derecha. De pronto, del murmullo incomprensible cae sobre mi una palabra salvaje:“electrodo”............... me van a aplicar electricidad!!!!! ¡¡¡No son ataduras, son cables!!! Una desesperación inutil se apodera de mi. Apenas puedo respirar. odio la electricidad. me doy cuenta que está dentro de los límites pactados, pero no así, no ahora, no estoy preparado. mi cuerpo tiembla, se descontrola.

Entonces aparece la voz de mi AMO en mi oido diciéndome en voz baja: “confiá en Mí”. El efecto es mágico. Esas solas tres palabras me devuelven la vida. “De ÉL, por ÉL, para ÉL”. De ahí en más todo lo que recuerdo es borroso. Los electricidad comienza a entrar a mi cuerpo como una jauría desalmada, violándome. Entra en tropel y empieza a correr por adentro de mis venas y arterias, mis ligamentos, mis músculos, mis nervios, mis genitales. Muerde. me come, me está disolviendo. tengo el cuerpo lleno de bichos. Los siento caminando, corriendo como cucarachas, por adentro. Van para un lado, para el otro. Se apuran, se detienen. me vuelven loco.

Los cuádriceps patean y patean sin parar. Los abdominales se licúan en un océano de espasmos. Todo resto de voluntad ha sido eliminado de mi cuerpo que se sacude absolutamente ajeno. Pirañas microscópicas se ensañan con todo lo que encuentran a su paso. Golpes, estiletes, mordidas, cuchillos, agujas, latigazos... Un dolor filoso, cortante, se apodera de mis pulmones. Cientos de alambres calientes se desplazan bajo la piel o ingresan a mi por debajo las uñas. De pronto la corriente sube por una de las piernas, no logro saber cual; de pronto los rayos estallan en la punta del pene, como un fustazo interior. De pronto estalla la ingle, de pronto los intestinos se desprenden de mi. Todo viene de dentro, todo viene de ningún lugar.

En algún momento de la nada, un aureola de conciencia me permite sentir los aductores abriéndose y cerrándose al ritmo de ingreso de la electricidad. mi AMO experimenta, prueba. Aquí, allá, así, asá. El cuerpo, los músculos, tratan de seguir el ritmo. Ahora más rápido, ahora más lento, ahora casi indoloro, ahora inalcanzablemente acelerado. descubro que si puedo anticipar el ritmo, el dolor es más manejable. Cómo si se tratara de un títere mis miembros responden a las perillas que va girando mi SEÑOR. Pero pronto lo pierdo y todo se vuelve arritmia desquiciada. Todo yo soy temblor, espasmo, convulsión, contractura. De afuera debo parecer un loco que no para de sacudirse. me retuerzo. trato de escapar sabiendo que no hay salida. trato de encontrar una posición en la que los shocks duelan menos, pero no la hay porque todo es interno, porque el dolor viene de todas partes. Tampoco logro entrar al subspace, porque las olas de electricidad me lo impiden. Quizás sí lo logro por breves segundos, pero la salida es una venganza peor que ese brevísimo alivio.

La boca y la garganta se llenan de una pasta seca. Cansancio y dolor. Cansancio. Casancio. El dolor eléctrico no es un dolor como el del látigo, la fusta o la aguja. Es un dolor inombrable, que te seca la boca y paraliza la palabra, que te rompe desde adentro, que te agota hasta dejarte a su merced. Duele incluso cuando no duele.

Sólo sé que en algún momento terminó. El fin de la eternidad. De ese momento retengo la lejana sensación de haber sentido la mano de mi AMO en mi cabeza, orgullo, cansancio y un cuerpo disuelto al que le llevó casi una semana volver a reconocerse. Mi AMO me ha dicho que se sintió orgulloso de mi entrega, porque sabe cómo odio la electricidad, pero que ni siquiera pasó del centro del dial y que en próximas sesiones no va a ser tan contemplativo. Gulp!