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miércoles, 22 de septiembre de 2010

"Tenemos que hablar"


Tenemos que hablar”. Hacía cuatro años que estábamos juntos, si comienzo a contar desde aquellas madrugadas salvajes de infidelidad y Parque Centenario. “Tenemos que hablar”, me había dicho por teléfono. No era la primera vez que ella usaba esas palabras. Habían llegado a convertirse en nefasto augurio de un nuevo cambio, de una nueva regla, de una nueva verdad con la que debería aprender a convivir en adelante. Y cada vez, yo sabía que era mi culpa, fuera cual fuera mi falta. “Voy a llegar tarde, pero mantenete despierto que tenemos que hablar”.

Llegó a las tres de la mañana, no demasiado tarde para ella, acostumbrada a trabajar en su estudio toda la noche. Llegó hermosa como siempre y como siempre, envuelta en ese aura de amatista, desplegando sus bucles rubios al compás de sus pechos y su andar de pantera blanca. Como siempre, sus labios desparramaban una luz rosada que apenas dejaba ver dos incisivos caníbales entreabiertos. Nunca pude acostumbrarme a su belleza, un tipo de belleza escalofriante, de diosa indefensa y feroz, lista para ser complacida desde una súplica de ojos verdes.

Cuando llegó y me miró, un ruego inutil me rasgó el alma. Ahí no estaban ya esas sonrisas tan suyas, que se le escapaban como mariposas en celo. No estaban esas arrugas pícaras que se le formaban en las comisuras de los ojos cuando se desnudaba. No estaba ese cantito cordobés desenfadado que usaba como una daga pecaminosa para indicarme qué, dónde y cuándo.

Entró con una noche agria a sus espaldas y la mirada ausente, o quizás dura, o quizás inundada de decisión. Se sentó en el sillón, se cruzó de piernas y me dijo: “estoy saliendo con un tipo”. El universo cayó como una demolición sobre mí. Un silencio terminal se desparramó por mi cuerpo y lo sostuvo como una marioneta. Un destello de lujuria en sus ojos entrecerrados, su pelo revuelto y su boca húmeda, confirmaban la sentencia. En realidad era evidente. En realidad yo hace rato que lo sabía. En realidad, yo no quería que ella lo dijera. Qué podía importar que ya casi no pudiera tocarla. Qué podía importar que tuviera que encontrar algo de alivio en los baños públicos. Ella seguía allí, a mi lado, iluminando con su piel la oscuridad de mi lecho. Ella seguía entrando con sus piernas alargadas en esos tacos explícitos, dejando escapar bocanadas de vida en cada sonrisa. Qué podía importar que otro la tuviera, si ella estaba allí.

Pero la verdad en sus labios fue un latigazo. La verdad es un arma para la que no hay armadura. Un sentimiento inombrable, desconocido, se apropió de mi impotencia. Indignación, celos frenéticos, miedo, humillación. Mis ojos se llenaron de mil veces ella curvándose bajo otro hombre, clavándose en mis pupilas como abejas sin alma.

¿Estás enamorada de él?” , dije sin voz, esperando no sé qué respuesta, ni que disculpa. “No sé” , respondió como haciéndome saber que no tenía derecho a preguntar. “¿Estás enamorada de mí?” , fue entonces mi repregunta desesperada, la pregunta de mi derrota. “A vos te quiero mucho”, dijo ella, iluminándome el alma con una migaja.

Con el tiempo aprendí a comprenderla y a apoyarla, aunque nunca pude aprender a controlar mis celos, cada vez más crueles, cada vez más sádicos, cada vez más desbocados. Con el tiempo ella aprendió a enrrostrarme hasta el más mínimo detalle de su derecho al placer, como una venganza, o quizás, como un acto de amor, como un reconocimiento a mi presencia allí. Eso sí, nunca más pude tocarla. Lo intenté los primeros días y un desdén helado se desprendió de su cuerpo como uno de esos cuchillos cortos que se usan para castrar al ganado que no sirve para padrillo.

En la desesperación de mi deseo clausurado, una noche logré con súplicas sacarle la bombacha. En realidad fue Ella la que, cediendo y con Sus propias manos, la guió hasta mi boca. mis labios temblaron sobre el satin negro como un poseído y mi paladar se empapó de Su sabor hasta estallar sin esperanza. Entonces, Ella misma desvirgó mis convulsiones castas, llevando mis manos al satin y mi boca al semen, como  si se tratara de una plegaria. Nunca voy a olvidar el brillo verde de sus ojos cuando me revelaba lo ocurrido: “dulce, no me había cambiado la bombacha”.

Nunca más me permitió siquiera pensar en intentar tocarla. Pero ciertas noches, cuando Ella llegaba con un “algo” inconfundible, se sacaba la bombacha y me la daba. Y yo aprendí a agradecerlas como un animalito hambriento, a quien se le daba un brebaje especial para que saciara mi sed con el fruto de Su placer.

Un viernes de octubre de 2002 atendí el teléfono en casa y Su voz desde el otro lado me anunció que ese fin de semana no vendría a dormir: “el lunes tenemos que hablar”. La separación hizo inevitable el inicio de mi vida como esclavo.

2 comentarios:

  1. Hay algo en la forma en que hablas de ella, que me parte el alma y me inquieta.

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  2. Gracias ATENEA por su devolución. Es muy fuerte. La razón de lo que Usted percibe quizás sea porque realmente se me rompió el corazón. Hasta que terminó esa relación yo todavía no sabía como manejar mis tendencias internas. Ni siquera sabía que había algo llamado BDSM. Sino probablemente la hisotria hubiera sido distinta. Pero bueno, así es como se crece, a los tumbos.

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